Las tres estaciones


Oswaldo Reynoso. Las tres estaciones (INC, 2006)

Con el libro de cuentos Los inocentes (1961), el escritor Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) creó “un estilo literario nuevo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose” (José M. Arguedas). Ese estilo, unido a la temática adolescente y la descripción realista de la vida de los sectores urbanos más pobres, se convirtieron en elementos esenciales de la primera etapa de su obra, que incluye las novelas En octubre no hay milagros (1965) y El escarabajo y el hombre (1970), además de una serie de relatos y hasta una novela -Los Kantus- que no llegaron a publicarse. Reynoso ha revisado y actualizado parte de ese material inédito y lo entrega finalmente a los lectores en el libro Las tres estaciones (INC, 2006).

Son cuatro los relatos aquí reunidos y en tres de ellos el protagonista es Leonardo, un joven cuyos inicios como poeta coinciden, en la Primera estación, con su toma de conciencia social. El levantamiento del pueblo arequipeño contra las autoridades corruptas es el telón de fondo de los primeros reconocimientos que recibe Leonardo por su poesía y de su ingreso a una célula de jóvenes marxistas. La misma estrategia, de combinar la historia del protagonista con la narración de “movimientos populares” se repite en la breve Segunda estación, que retrocede hasta 1948, y también en la Tercera estación, ambientada en la ciudad de Huamanga.

En estos relatos encontramos el creativo trabajo con el lenguaje de Reynoso, tanto en los diálogos (que reproducen con acierto el habla coloquial) como en las descripciones, basadas en metáforas y símiles de aliento poético. También las semejanzas entre la vida de Leonardo y la del autor, señaladas por Tulio Mora en el prólogo del libro. La Tercera estación, que parte de personajes -la señorita Josefina y el joven “Huallpa Sua”- de la novela inédita Los Kantus, de los fragmentos que Reynoso dio a conocer en 1967, nos permite vislumbrar el tipo de actualización realizado: se han priorizado los aspectos épicos, a la vez que se han disminuido los diálogos y los abundantes términos en quechua del texto original.

A diferencia de estos tres primeros textos, demasiado fragmentarios e inconexos El triunfo, el último, sí es un cuento redondo y que puede leerse en forma independiente. En él, un joven marginal limeño le cuenta a Leonardo, en un extenso monólogo, su azarosa vida: la infancia marcada por la pobreza (su padre es un dirigente político encarcelado) y su experiencia como parte de un grupo de adolescentes que se prostituyen con homosexuales. Un proceso de degradación que afecta a todo su entorno social, sus vecinos y amigos de infancia -incluyendo a Alicia, la vecina de la que siempre estuvo enamorado-, pero del que finalmente logra evadirse.

Así, con esta vuelta a los personajes, temas y ambientes de Los inocentes, Reynoso continúa en ese afán, señalado por el crítico Gustavo Faverón en un ensayo sobre la novela El goce de la piel (2005), de cerrar el círculo de su obra: otra vez las pandillas y la violencia urbana, los rituales iniciáticos de la adolescencia, la homosexualidad. Pero El triunfo es más bien un relato simple y lineal, sin las complejidades ni la riqueza de contenidos de aquella novela. En general, Las tres estaciones aporta poco al conjunto de la obra de Reynoso; aunque sí resulta un merecido homenaje para un autor que es referente ineludible en el desarrollo de la narrativa realista en nuestro medio.

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